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jueves, 14 de abril de 2016

Sobre el dinero de los cumpleaños de los hijos en edad escolar

Una de las cosas que a lo largo de estos años me ha llamado la atención ha sido la cadena del dinero de los cumpleaños de los hijos en edad escolar. Para quien no sepa de que hablo, vaya una breve descripción. En la mayoría, sino en todos, los colegios ha venido desarrollándose una práctica habitual que ha reemplazado el regalo de cumpleaños individual, que cada compañero le hacía al compañero "cumpleañero", por un mecanismo supuestamente más eficiente de asignación del uso del dinero [1].  Este mecanismo consiste en reemplazar pequeños regalos a lo largo del año por un monto de dinero estimado alrrededor del valor de más o menos esos pequeños regalos. Esto significa que en lugar de regalarle, pongamos, 20 autitos de colección (uno para cada compañerito) se le da a la familia del hagazajado el total del valor de esos 20 autitos (o un monto aproximado), de modo tal que la familia disponga de una suma relevante para decidir gastarla como mas le gusta y convenga. Para ello, en lugar de juntar el dinero cada vez entre todos, con los riesgos de "free-riders" que eso implicaría, se arma una lista con las fechas de cumpleaños de los niños cuyos padres aceptan entrar en el sistema y se le asigna a cada uno una familia que es la encargada de darle el dinero. De este modo, mi hijo Pedrito recibe, pongamos, 100 de los Sanchez, y los Sanchez reciben 100 de los Lopez, así hasta que a mi me toca darle 100 a los Rodriguez y a final de año estamos todos cubiertos.

El sistema funciona bastante bien. Desde luego, siempre están los que intentan beneficiarse de la acción colectiva que importa este mecanismo de cooperación, pero son los menos. Como en todo juego repetido, el saber que seguirás interactuando inhibe a la conducta no-cooperativa. Algunos, por ejemplo, excusándose que el chico al cual se le ha asignado, cumple en vacaciones, retardan la entrega del dinero hasta el inicio de clases (en el mejor de los casos). En fin, hay de todo. Anécdotas sobran acerca de los free-riders que explotan la cooperación. O los problemas que implica la inflación y la desactualización de los montos asignados, ya que recibir 100 en enero no rinde igual que recibirlos en diciembre. El mecanismo, obviamente, no se activa por automático. Para que esto funcione, desde luego, alguien se hace cargo de poner la maquinaria en funcionamiento, y como la precisa teoría de Mancur Olson lo preveé, estos "lideres" obtienen de ello algún beneficio, ya sea entretenerse, hacer algo u obtener una cuota de protagonismo escolar, que es un pago justo por tan merecida labor. También hay excesos, por cierto (y eso sorprende a veces), cuando obtienen una pequeña diferencia de dinero favorable. Pero cualquiera sea el caso, en general el mecanismo funciona en un 99%, casi a la perfección.

Ahora bien, y este es el pensamiento que me persigue desde hace un tiempo. Si bien el mecanismo, hay que decirlo, cumple con asignar más eficientemente el dinero, hay un paso más en dirección a aumentar la eficiencia que no estaríamos considerando. Al considerar el circuito del dinero uno cae en la cuenta que "regala" 100 y "recibe" 100, lo que da por resultado el equivalente neto de cero. Desde el punto de vista de la utilidad, es exactamente lo mismo a no dar ni un céntimo ni recibir ni un céntimo. De modo que, ya que estamos en la búsqueda del uso eficiente del dinero, lo mejor sería o bien hacer una reunión con todos los padres donde uno saque 100 pesos y vaya pasando de mano en mano hasta que el billete llegue al punto de origen, y nos vamos a casa todos habiendo cumplido con los regalos de cumpleaños; o bien, suspendemos la cadena y estamos a mano igual. ¿Estoy equivocado?

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[1] Nota al pié: no se si es generalizable a TODOS los colegios de todo el territorio nacional. Muy probablemente no. La población de referencia son los colegios privados de la zona norte de Buenos Aires]

domingo, 14 de junio de 2015

5 meses

Cinco meses sin escribir en el Blog. Y hasta le cambié el nombre. Inés lo sugirió. Ya no usaba correr como excusa. Casi diría que de tantas carreras que he corrido este tiempo, de tanto kilómetros (desde que inauguré el blog con el nombre corro luego existo he corrido más de 2500 km), gasté la suela de dos pares de zapatillas como nunca había gasta en mi vida. Así que, decía, siguiendo el consejo de Inés, pensé que hasta que no tuviera un nuevo nombre no volvería a escribir. Y hoy, con mucho frio, demorando salir a hacer un fondo, escuchando los análisis del empate de Argentina con Paraguay en el debut de la copa América, me topé con esa vieja canción que siempre me encantó: Cinema Verité. Cambié dirección de correo y empezamos de nuevo.  Y si.. por eso el nuevo nombre. Y como dice la canción, aunque suene pretencioso, todos sentimos de alguna u otra manera, algo así como lo que dice  Charly: "yo nací para mirar lo que pocos pueden ver... yo nací para mirar"

viernes, 16 de enero de 2015

Amistades transitivas

En algún momento de 1994/5 nos juntamos con Marcelo B a comenzar un proyecto editorial. Se fue sumando gente con el correr del tiempo. Entre ellas Pablo B y Gustavo D. Yo era muy amigo de Gustavo D, y a Pablo B hacia un par de años que lo conocía. Pablo B integró al grupo a Flavia F. Ya por 1996/7 Favia F se fué a vivir a España. En una visita que hizo a Buenos Aires en 1997, conocí a quien en ese momento era su novio o pareja, David D. Recuerdo ese encuentro porque no parábamos de hablar y de tener un montón de cosas en común, pese a que yo había crecido en el el GBA Norte, Flavia en la costa y David D en un pueblo de España de la comunidad de Castilla León (Zamora).

En septiembre de ese año (1997) yo me iba a vivir a D.F y, casualmente, un gran amigo de Flavia y David se iba para allá también. Se trataba de Salvador S, quien había nacido en Santoña, comunidad de Cantabria, al norte de España. Llegué al D.F el 22 de Agosto de 1997 a la casa de Fabián R, en Chimalistac. Al día siguiente arribó Salvador, con quien inmediatamente "nos hicimos requete cuatachones", dijera la Vargas. (Ya he contado un par de anécdota, casualmente, acerca de aquellos días). Más o menos por el 98 yo me fuí a estudiar a Salamanca. Ahi me vi con David nuevamente y con Salvador, que fue en el avión conmigo por unos días. Recuerdo ese mega avión de Airfrance en el que volamos a Paris y luego a Madrid.

En el 99, David nos vino a visitar a México. Y creo que también por esas fechas Marcelo B. Entrado el siglo XXI, Salvador se regresó a España y se instaló en Madrid. Por es época, Gustavo D, a quien durante todo este tiempo yo casi ya no lo veía, se fue a vivir a España. Y como no podía ser de otro modo se hizo muy amigo de Salvador. Calculo que fue también en esa época que Gustavo mientras estudiaba en Madrid se hizo amigo de Diego P, porque hasta donde supe Diego P, Salvador y Gustavo jugaban al futbol juntos en unos picados que hacían, quien sabe donde, en Madrid. Me contaron, también, que algunos veces los fue a visitar Marcelo B, que por entonces se había mudado a Barcelona.

Cierro el circulo. Hace un año y medio o dos años, con motivo de mi llegada a una nueva universidad conocí a Diego P, a quien yo aún no conocía en todo este enredo. Y, como no podía ser de otra manera, nos hicimos amigos, además de casi vecinos. Esto me lleva a pensar, muy a la Paul Auster, que todo es pura casualidad o bien que las amistades, en cierto modo, tienen propiedades transitivas.  

domingo, 11 de enero de 2015

Apellidos en Playa del Carmen

Hace unos pocos meses una amiga del alma me escribía esto:

Sentada en el lobby de un típico hotel turístico (tal vez el más pobretón de la zona) de Playa del Carmen, en busca del poquísimo acceso a internet, le escribía a alguien que me había pedido que le recomendara una lectura. Le dí un par de títulos y mencioné a Murakami como autor que varios amigos disfrutan. No me acordaba del título de "What I talk about when I talk about running", que como sé que esta persona es muy deportista y 'outdoorsy' le podría interesar. Mientras lo googleaba, un tipo sentado acá al lado, hace una llamada "Con el señor Reynoso, por favor", pide. Yo, boquiabierta. Calculo que Playa del Carmen como lugar tan turístico no debe ser tan representativo, pero igual es lindo estar en tu patria adoptiva y, junto con otros amigos Mexicanos, ya estabas en mis pensamientos, claro. Pero escuchar tu apellido mientras busco el título Murakami ya es insólito! Va la anécdota a modo de saludo. Todo lo mejor en tu nuevo depa. Besos fuertes. Mariana

sábado, 10 de enero de 2015

Calor!

Están los que prefieren entrenar o correr en invierno. Yo soy de los que prefieren el calor. En  invierno me duele la nariz cuando respiro el aire frío y, además, si estoy medio ansioso y respiro mal por la boca la garganta se me cierra y raspa un poco. En verano no. Eso si, transpiro el triple o el cuadruple. Y como eso me gusta, pues.. que decir. Prefiero el verano para correr. El único inconveniente es que hay más gente corriendo y eso a veces dificulta el tránsito. Por eso, en estos días, comencé a hacer un cambio en las rutas para correr. Hago eso que se podría llamar "running callejero" (como el comic de fútbol que ve mi hijo en Netflix). Me largo por avenidas o por calles internas, con el GPS encendido para poder estimar mejor las distancias realizadas. Eso también implica un cambio importante: no voy con el auto hasta el lugar para correr, porque ya salgo desde la puerta de mi edificio corriendo.

Hace poco regresaba de unos 15 km corriendo por la calle del centro de Martínez: Gral. Alvear. Cuando crucé las vías viniendo desde el río, en dirección hacia el alto, entré de frente a esas tres cuadras del centro comercial de Martínez. Era una sensación rara. Como ya lo había hecho varias veces, tuve la sensación de que me había convertido en el "loco que corre por Alvear" (risas). Casualmente ese día se cruzaron muchos conocidos, ex compañeros de la primaria, o vecinos, o quien sabe.. y saludaba como si fuera un campeón de Maratónes (más risas).

Sudo muchísimo en verano. Pero la sensación es hermosa. Por cierto, un amigo hace unos días hizo por primera vez sus 10KM y, por alguna razón, me agradeció en público haber experimentado esa sensación de superación y felicidad por haberlo logrado. Me gusta cuando alguien descubre este placer por correr.

jueves, 25 de diciembre de 2014

Raices de soledad

Pasaron ya 2 meses y unos días desde que corrí la Maratón. NO he vuelto a escribir en el blog desde entonces. Con mucho trabajo pendiente, me impuse no escribir mientras no terminara. Asi pasaron los días, y no regrese al blog. Hoy, pensaba en escribir. Bajé unas pelis por torrent, recuperé la clave de una vieja cuenta de correo (hotmail). Lei los 3600 mails que no habia visto durante un año. Retomé una novela que había dejado discontinuamente a cada rato, a lo largo del año. Me preparé para salir a correr mis habituales 9-10K para cuando bajara un poco el sol. Y, mientras tanto, me topé  con estos dos párrafos:

"De finales de aquel extraño verano a principios de invierno no se produjo en mi vida nada que pudiera denominarse "cambio". Los días empezaban y terminaban sin imprevisto alguno. En septiembre llovió mucho. En noviembre hubo algunos días de mucho bochorno. Salvo por el clima, un día apenas se diferenciaba del otro. Iba a la piscina casi a diario, nadaba una larga distancia, paseaba, hacía tres comidas al día y procuraba emplear mis energías sólo en cosas reales y prácticas.
A veces, sin embargo, la soledad me punzaba el corazón. El agua que bebía, incluso el aire que respiraba, venía cargados de largas agujas de punta afilada. Las esquinas de las páginas del libro que sostenía en la mano me amenazaba con un destello blanco como filos de una navaja de afeitar. A las cuatro de la madrugada, cuando todo estaba en silencio, podía oir como crecían las raíces de mi soledad" (H. Murakami, Crónica del Pájaro que da Cuerda al Mundo, Parte 3, Capítulo 3)

Y después de leer este párrafo, seguí con la lectura enganchado.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Fotos, Palabras y Soledad

Casi nunca pego fotos en el blog Basicamente porque la idea es poder describir, narrar o contar lo que quiero que los demás vean, sin recurrir a una imagen. Suelen decir que una imagen vale más que mil palabras, y desde que repetimos eso hemos ido lentamente dándole más valor a la imagen que a las palabras. Además todos los adminículos que se han ido incorporando a nuestras vidas, desde celulares, tablets y demás, ya vienen con cámaras incluidas que tienen más definición que algunas recientes (pero ya viejas) cámaras de fotos. Hasta hay una aplicación en redes, Instagram, que es para compartir fotos. Dicho todo esto, que da para una larga charla (y de la cual no participaré), quiero pegar esta foto que representa a una fanática del running en toda su expresión y a quien además aprecio mucho. Y que hoy es su cumpleaños y está esperando a su hijo/a... corriendo. Feliz Cumple Soledad!!!

sábado, 16 de agosto de 2014

Procesos

De marzo a la fecha, cuando me propuse el meticuloso plan de entrenamiento para la maratón de Buenos Aires, llevo recorrido más de 700 km. Son más de mil, si cuento desde agosto del año pasado. Es más, son más de 1300 km. Estoy casi listo. Puedo hacer 23 km sin mayor inconveniente. Y ahora, además, "puedo lograr" que mi cabeza no esté obsesivamente concentrada en un sólo tema. Y hasta puedo administrar las dosis de imágenes y asuntos que dejo proyectar mientras corro. Proyectar, digo. Si. A veces uno corre y las imágenes se proyectan independientemente del deseo de uno.

En realidad, no estoy muy seguro que la expresión correcta sea "puedo lograr". No me queda claro si es algo que yo "puedo". Así como pasa que los sentimientos creemos que se alojan en el corazón y se apoderan de la cabeza hasta saturarla; poder desincrustar pensamientos y sentimientos, dejarlos ir, soltarlos no depende exclusivamente de la voluntad. Uno no puede decidir que ingrese o salga, sólo sucede con un poco de gimnasia, tal vez. Más bien, tengo la impresión que es un proceso evolutivo (lo cual implica mucha adaptación) del cual no tenemos mayor control consciente. Eso creo y se lo pregunté a mi psicóloga, y me da la impresión que está de acuerdo. Ahora bien, la segunda parte quizás sea un poco más apropiada: "lograr". Si, lo considero un logro, una meta alcanzada. Me la prepuse, pero como si fuera una anécdota o un caso de los de "Juicio Salomónicos" de Elster, cuanto más obsesivamente salía a correr con el firme propósito de no pensar en algo, más ese algo se consolidaba y petrificaba como imagen y proyección, y sin variar salía a correr conmigo compitiendo en una lucha cuerpo a cuerpo en contra de los beneficios que producía mirar ese río marrón y ese cielo celeste o esa luna gigante en ese cielo negro lleno de estrellas. Causa de muchas contracturas, pues! De algunos malestares (quizás!).

Pero uno puede trabajar en ese control o en adaptar el control. En ese sentido, si. Es un logro aunque no sea un control pleno, es decir: no es poder. Uno no puede siempre decidir qué pensar, qué sentir, cómo sentirlo. Uno puede esforzarse en alcanzar esa meta: correr 10 K, correr 15 K, correr 20 K, pero no puede elegir si le van a doler a las piernas o no. Si va a tener sed o no. Y uno puede correr 20 k o 40 k, y sentir mucha sed y calmar la sed con agua o también puede aguantar y capaz incluso llegar. Quiero decir, hay cosas que podemos proponernos y alcanzarlas con más o menos entrenamiento y hay otras cosas que en principio no son tan fáciles de lograr. Claro está, uno puede ir ayudando a que el cuerpo se adapte. Esos procesos tienen sus etapas. Ahi vamos... terminando una.

lunes, 11 de agosto de 2014

Tendencia: Separados

Hace unos minutos, llegó Eloisa F. Es una de las agentes de la inmobiliaria que está mostrando el departamento en el que vivo y que estoy por dejar. Vino con un candidato a inquilino de mi edad, aproximadamente (quizás un lustro menos). Separado hace año y medio, con dos hijas. Estaba buscando por la zona. Su ex-mujer vive cerca (a unas pocas cuadras) y pensaba estar más cerca de las niñas, además el colegio al que van también está por la zona. Sus hijas se quedan con él los martes a dormir y los sábados a la tarde, después del mediodía, llegan con él y se regresan el domingo. Hablamos del departamento, de la vista hermosa que tiene. De las virtudes y los defectos. Que la humedad, que el viento. Y viste "El rio!!!! se ve espectacular". Que los vecinos son buenisimos! Mi vecina del J, mi vecina del G, mi vecina del H... la pucha, todas vecinas!!! (risas). Si, "la verdad super buena gente", dije. Tal es separada, con dos hijos. Tal otra, también, con una niña más pequeño. El del C también, tiene 2. Y así... Ah! Y yo. Si, yo también, el del "K" (la letra que me tocó del depa, eh?), para invariar, separado, con tres hijos. Y de repente, en estos días que me estoy acomodando después de un año, me presente como el "separado con tres hijos". Sonó fuerte en mi interior. El lo tenía más claro cuando lo decía, "separado con dos hijos" y lo llevaba bien. Hablamos de las rutinas, de los días que yo lavaba la ropa y lo rápido que se secaba en la terraza, como me organizaba con el super, que la cocina era chica pero "chingona" (eso es mío, me hago el muy mexicano como para caer bien; no siempre lo logro, je..!). Qué como acomodaba a los chicos cuando venían a quedarse, que la mesa grande que me compré, que la vista... siempre la vista. Que la vista me ayudó mucho para pasar la angustia de los primeros (tantos) meses. Una buena charla. Al menos uno no se siente solo en la soledad. Que los separados somos como una gran mayoría silenciosa. Me gusta pensarlo como un "hecho social" no una cuestión individual. Una mega-tendencia, bah! Somos trending topic #separado

miércoles, 6 de agosto de 2014

El nieto de Estela

Hoy (5/08/2014) tuve un día eterno. De esos que cuando están por la mitad, me inspiran para una trama de una novela. Cuando están terminando, a menos para una entrada en el blog. Un lindo día, al fin y al cabo, lleno de actividades y ocupado en varias cosas. Liberando mi cabeza que ultimamente se puso monotemática.  Empezó temprano, yendo a buscar a mis hijas para llevarlas al colegio (hijas/hijos). La mañana en el trayecto al colegio es como un elixir de alegría. desde que suena el despertado, me despierto, me ducho, desayuno y las paso a buscar, hacemos pool con otra compañera, las dejo en el cole. Charlo con algún padre, con alguna madre. Con la directora. Son las 8:00 am. y desde 6:45 a ese momento, les juro, soy el tipo más feliz del universo. 

Luego parti rumbo al centro. Ya no soy tan feliz, pero escuchar la radio y pasear por libertador mientras el sol es tenue, no está nada mal. Tenia la reunión mensual  de trabajo de comisión. De ahí, me fui a tomar exámenes finales al oeste de la ciudad. Tomé Riobamba rumbo al sur, seguí por la calle que continua después de Rivadavia (no se cual es el nombre, pero es la que pasa por detrás del congreso). Llegué a la intersección con la Autopista 25 de Mayo, giré a mi derecha y subí. Llegué a San Justo a las 13:15, y ya no habia almorzado. Estaban los estudiantes esperando, a quienes les pedí que llegaran temprano para poder regresarme temprano a buscar a mis hijos al colegio. Al terminar esa ronda, ya eran las 3 pm, emprendí el regreso por acceso oeste, primero, y Autopista del Buen Ayre después, y arribé a San Isidro justo a tiempo para estar en la puerta del colegio y recoger a mis hijas. Eran las 16:20. Las llevé a la casa de la madre, bajamos, las mochilas. Conecté la play station en el televisor de la casa. Terminamos de charlar sobre como fue el día en el colegio y emprendí la retirada. Tenía agendado ir a ver un departamento para mudarme a las 17:15. Lo vi, me encantó cerramos el acuerdo. De ahí, contento, me fui a lo de mis viejos, a contarles un poco de todo (padres/abuelos), del departamento, de mis hijos, de sus nietos, de lo bien que ellos me veían ahora, me dijeron. 

Y fue ahí, como a las 6 pm que me enteré que Estela Carlotto había encontrado a su nieto (Ignacio Hurban), que su nieto había encontrado a su abuela.  Estela dijo emocionada: "No quería morirme sin abrazarlo, y lo voy a hacer". Siempre me emocionan esas historias, a la vez que me indignan sin poder entenderlas. Y me emocioné. Soy muy sensible, ya lo saben, la piel se me puso de gallina y contuve mis lagrimas de felicidad. Una emoción me invadió el cuerpo. Por Estela, por Ignacio. Pero también fui consciente de mi felicidad, como hacia rato no lo era. Por mis hijos, mis viejos, por la madre de mis hijos y por mi que, a pesar de todo, estamos vivos y sabemos quienes somos. Después me fui a correr y a entrenar dos horas. Corro, luego existo... pero corro porque existo.

jueves, 24 de julio de 2014

Encuentro en el Aeropuerto

Lo vi en el aeropuerto de Santiago de Chile, mientras esperábamos que se definiera la situación del vuelo LAN 622 con destino a México DF. La cara me resultaba familiar. Exploré en mi buscador mental sitios y situaciones para ubicar a esa persona. Yo, sin duda, lo conocía. Luego de un par de horas de espera el vuelo se canceló. Nos enviaron a todos al Hotel Sheraton Las Condes. Regresamos a la mañana siguiente al Aeropuerto. Lo vi de nuevo. Y, en plan casual, me acerqué y le dije: "Te conozco de algún lado, ¿De donde?" Enseguida nos reconocimos. Luego de ensayar sitios y personas de potencial común conocimiento, achicamos las opciones y concluimos: del gimnasio de Oxtopulco y Avenida Universidad. "Si!! Tal cual!" "Pero que haces por aquí, wüey?", me preguntó. Respondí corto: "Voy para DF", "¿Y tú?", enseguida le pregunté. Contento, me dijo: "Vengo de Río. Fui a ver la final, de Fut. Estuvo padrísimo".

Comencé a ir a ese gimnasio en el 2000/2001 y continué yendo hasta el 2004, aproximadamente. Recordaba las caras de todos y en particular de este cuate, Vladimir. Ahi Nomás comenzamos a ponernos al día de toda la gente del gimnasio que, tal y como ha sucedido al parecer en todo el globo terráqueo, han incursionado también en el mundo "runner". Río estaba lleno de argentinos, era el comentario obligado para dar paso a la charla. Al acordarnos del gimnasio y recién terminado el mundial 2014, la conversación derivó en el mundial del 2002. En ese entonces yo era un diario concurrente al gimnasio y la selección argentina era eliminada en primera ronda. Estaba reconstruyendo nuevamente mi vida en DF, soltero y solo, a poco tiempo de haber conseguido mi primer empleo académico formal y pago (no era menos). Le comenté que formé pareja, tuve hijos, en el 2007 me había regresado a Buenos Aires y hace un año me había separado. Que todos los años viajaba a México y que, siempre que pasaba por la puerta del gimnasio, miraba a ver si encontraba a algún cuate por ahí. Recordamos que una vez fuimos a jugar a la cancha de futbol 5 techada que tiene FLACSO allá en el Ajusco. Y, entonces, me mostró en facebook las fotos de los viejos amigos: "Huy, ¿qué es de la vida de Julio, de Tonio, del Alemán? ¿Se siguen viendo?" La charla fluía. Yo comenté una anécdota que recordaba sobre Torsten, el Alemán, cuando le ganaron a USA en cuartos en el 2002.

Vladimir miró fijo a lo lejos y me dijo: "Torsten! Lo que son las cosas! Falleció". "¿No te lo puedo creer?" le dije. Me comentó que con el tiempo todos habían empezado, además de ir al gimnasio, a correr 10K, 20K y así. Torsten, Tonio, Julio y los demás se inscribían a las carreras y entrenaban juntos. Habían consolidado el grupo. La cuestión es que una tarde, en Insurgentes y Mixcoac, un auto chocó al auto en el que Torsten venía de acompañante. Lo internaron de urgencia. Su hermana que andaba por México en esa época, llegó al hospital a socorrerlo y tras unos días falleció. Al mes hicieron una carrera de 10K en la UNAM en homenaje a Torsten. "Fue muy emotivo", comentó Vladimir con los ojos húmedos. Me comentó, como si estuviera por terminar el relato, que al terminar la carrera Tonio, para descomprimir, dijo: "No mames, a mi cuando muera me hacen una de 42K". Yo sonreí, me pareció que el comentario era gracioso, mientras vi que Vladimir fijó la vista hacia los aviones. Continuó: "Y no va, wüey, que al año Tonio muere también". Mis ojos se abrieron enormes: "No te lo puedo creer!!!" exclamé. "Bueno, así que Julio y yo -continuó Vladimir- corrimos la maratón de México ese año"..

Seguimos charlando en la sala de espera de la puerta 19 B del aeropuerto de Santiago. Iba saliendo el sol y la visibilidad se reducía junto con el aumento del efecto bruma de la contaminación. Todavía se veían los Andes nevados. Recordé en un segundo como fue mi vida desde 2002 hasta la fecha. ¿Donde me encontraba en este punto del trayecto? Aparecían caoticamente diferentes acontecimientos, pero podía ubicarlos en el tiempo con bastante exactitud. Los nacimientos de mis hijas, el regreso a Argentina, el mundial del 2006, alguna crisis política, el nacimiento de mi hijo, el mundial del 2010, y así continué. De pronto la vida era una especie de resumen de hechos importantes, que estaban unidos con un relleno de cotidianeidad a modo de gel que las amortiguaba, y les daba continuidad evitando que chocaran, que se secaran o que se oxidaran. Y al final de esa cadena estaba yo, de nuevo con mi vida, en el aeropuerto.

sábado, 19 de julio de 2014

Amanece en Santiago

Y al final... que se hizo la 1:00 am. Llego a la puerta 20 y ya estaban abordando un contingente grande de personas. "Buenisimo" dije en voz baja, casi como un suspiro. Me acerqué y pregunté si finalmente tendríamos la cena. La joven que atendía me miró y me dijo en su tono chileno, burocrático y "classy" "Dígame-el-vuelo (pó)".  Le di el número de vuelo y le aclaré el "que va a México". Sin mirarme a los ojos, como evitando cualquier consecuencia posterior a su programado comentario, me dijo: "Ah! No. El vuelo se movió a la puerta 19B". Me acerqué lentamente a la puerta 19B y de lejos observé que no había nadie. Pregunté por el vuelo y ahí me enteré que se canceló hasta las 11:00 de la mañana del día siguiente. Que iríamos al Hotel Sheraton Las Condes y luego mañana a las 7:00 nos pasarían a buscar. Para esto hubo que hacer migraciones, retirar las maletas y hacer otra tercera cola más para abordar los micros que nos llevarían al Hotel. Llegados al hotel los 300 pasajeros (no sé, tiro un número) hicimos el check-in que duró una hora. Nos atendieron bien, y por lo menos los tonos de voz ya no eran burocráticos. Ultimamente, como dicen los mexicanos, estoy muy sensible a los tonos de voz cuidadosamente pensados para irritar pero que no dan ni un sólo margen de duda acerca de la correctitud de lo expresado, de modo tal que tu irritabilidad quede absolutamente cuestionada (en fin!). Ese tono debe ser elaborado. Tiene que notarse que es artificial, pero no tanto como para dar origen a una broma o una burla, y al mismo tiempo dejar bien en claro que el deseo es que se note. La cuestión es que llegamos al hotel. Comi algo muy liviano y me fui a dormir. Dormi tres horas y media. Me desperté y me introduje en la tina. Recordé una sugerencia burocrática acerca de la cantidad de perfume que debe ponerse uno en el cuerpo (me reí en soledad como cómplice de mi mismo). Vine a desayunar. Me puse a leer los diarios. Nos hablamos con otros pasajeros. Nos comentamos a qué nos dedicamos. Nadie alardeó de nada. El café está riquísimo. Y amanece en Santiago con una vista de los Andes enorme y cercana.

viernes, 18 de julio de 2014

A volver a escribir

Ascendió independiente y dejé de escribir. Vino el mundial y me aislé del universo. Coincidió con un proceso personal y con prestarle atención a una de esas frases de Facebook (si, ja..ja..): "Si tenés problemas, andá al analista. No lo publiques en tu muro". Voy al analista desde hace un año, pero a veces no lograba filtrar sentimientos y pasiones, producto de esas situaciones críticas que te ponen en carne viva y con el alma a flor de piel. Pero decidí limitarme. Me costó, porque escribir me libera en muchas formas. Atarme las manos, fue como "cerrar el pico". Pero aquí estoy, emergiendo. Terminó el mundial y empiezo una nueva vida. Una nueva vida que estaba gestando y venia mutando. Una nueva vida que se hacia esperar desde hace un año. Estoy en el aeropuerto de Santiago de Chile, y me acaban de avisar que por "razones de control técnico no programado" hay una demora de 2 horas para volar a México. Y bueh! Take it easy, me senté a comer una ensalada, un juguito y a escribir. A volver a escribir.

miércoles, 11 de junio de 2014

Mi viejo, mi hijo y yo

Quizás haya sido una de esas tardes que con el tiempo serán de esos recuerdos que se volverán pesados e intensos. Fueron 90 minutos, nada más. Llegué justo, con Julián, para comer rápido en lo de mis viejos y sentarnos a ver el partido. Era una final, aunque el que ganaba no iba a ser campeón. Llegamos con lo justo, con lo poco que tenemos en estos tiempos. El que ganaba se quedaba con el tercer lugar del torneo Nacional B, pero había que jugar un partido de desempate. Era una final. El que ganaba se quedaba con la tercer plaza para ascender al Nacional A, la máxima categoría. Demás está decir, ganamos. Si no hubiese sido así, quizás no estaría escribiendo estas lineas. Gritamos los dos goles como locos. Julián me miraba, y sin razonar mucho, también gritaba loco de contento. Mi viejo sentado, también gritaba. Ya no se paraba a gritar los goles como cuando ganábamos las libertadores en los 70´s, pero los gritaba. El primero lo hizo Zapata, y quizás por eso lo gritamos más. Lo puteamos todo el torneo. En la cancha eran una joda las cosas que se decían de él. Pero hoy, justo hoy, la metió adentro después de un rebote que dio el arquero cuando Pisano después de un contragolpe se la reventó en el pecho. El segundo fue tranqulizador, Pizzini recién había entrado, y también en un rebote medio forzado, a lo guapo, se quedó con el balón, luego de superar al arquero la metió definitiva, y contundente, en el arco. Ascendimos a la A. Las redes sociales estallan con el #ElRetornoDelRey. Pero después de un rato me di cuenta que había vivido un momento de esos que voy a  recordar con mucha emoción: mi viejo, mi hijo y yo viendo al Rojo salir de las malas para entrar en las buenas. Quizás no nos queden muchas tardes más así, pero esta tarde valió por todas las copas Libertadores.

miércoles, 30 de abril de 2014

La misteriosa Kumiko

Aquella noche, a oscuras en nuestra habitación, acostado junto a Kumiko, mirando el techo, me pregunté hasta qué punto conocía en realidad a aquella mujer. Las agujas del reloj señalaban las dos. Kumiko dormía profundamente. Envuelto por las tinieblas, pensé en los pañuelos de papel de color azul, en el papel higiénico con dibujos y en la ternera frita con pimientos. Yo había vivido todo aquel tiempo sin saber lo mucho que ella los detestaba. Estas cosas, en si mismas, eran naderías. Cosas tan triviales que daban ganas de echarse a reír. No era un asunto sobre el que armar un gran revuelo. En pocos días, sin duda, olvidaríamos por completo semejante tontería.

Pero a mi siguió preocupándome de una manera extraña.Como una pequeña espina clavada en la garganta que no deja vivir. "Quizás sea un hecho más crucial de lo que parece", pensaba. "Tal vez sea un hecho determinante. O tal vez, sea en realidad solo la entrada. Y tal vez, al fondo, se extienda un mundo que sólo pertenece a Kumiko, un mundo que yo todavía no conozco". Me lo imaginaba como una habitación enorme y oscura. Yo estaba en la habitación con un pequeño encendedor en la mano. Lo que alcanzaba a ver a la luz del mechero era apenas una pequeña parte de la habitación.

¿Lograría ver alguna vez el resto? ¿O envejecería y moriría sin llegar a conocerla bien? Si fuera así, ¿En qué narices consiste mi vida matrimonial? ¿En qué narices consistía mi vida, viviendo y durmiendo con una extraña?

Esto es lo que pensé entonces y lo que, desde aquella noche, seguí pensando de vez en cuando. Mucho después supe que en aquellos momentos me había introducido en el núcleo mismo del problema.

Extraido de Haruki Murakami: Crónica del Pájaro que da cuerda al Mundo, pp. 51-52,

domingo, 27 de abril de 2014

San Isidro

El auto quedó guardado, luego del choque. Así que mi ansiedad y angustia acerca de cómo resolver cada pequeña actividad de mis rutinas diarias (trabajo, tramites, hijos, colegio, hockey, natación, etc.) me impulsaron a correr. La semana pasada, esa angustía, me llevo al exceso. Y cada vez que me excedo corriendo, el fantasma del dolor en la planta del pié aparece. De modo que esta semana tuve que, si o si, parar un poco. Entre otras cosas, reemplacé correr todos los días por caminar aquellos recorridos que normalmente hacia en coche. Y salí a recorrer San Isidro, como cuando iba al colegio secundario. Fui a tarapia caminando, y aproveché a cruzar todo el centro de San Isidro a pié. Obtuve mi tarjeta SUBE, además para movilizarme en lineas de colectivo que ni sabía que existían (por cierto, que gran invento que me pasó inadvertido). Saqué un abono vecinal en el Tren de la Costa. En fin, me reorganicé.

De regreso de terapia, subiendo por Belgrano, antes de llegar a Cosme Beccar, me paré en "Coquito". Seguía ahí, en pié, sin tocar ni siquiera el cartel de la marquesina. Eso me transportó a mi infancia, digamos a los años 70 (uf! que viejo estoy!). Me acordé de algunas rutinas semanales que mi padre tenía. Terminaba de almorzar antes de las 14:00 para ir al "Bank of América", cuya sucursal estaba en San Isidro, sobre la galería de la calle Belgrano. A mi me parecía igual que ir al microcentro. Llegábamos, estacionábamos donde podíamos (porque siempre en San Isidro había mucho tránsito). La cola del Banco para hacer depósitos o pagar cuentas era inmensa, pero era menor que la del Banco Provincia, decía siempre mi padre. Y por esa razón, prefería ir al BoA. A mi me parecía interminable, pero me gustaba acompañarlo. Algunas veces, si el apuro de ir al banco era mayor y no hacíamos tiempo a almorzar, caminábamos hasta "Coquito" a comer panchos. Las distancias me parecían grandes. Mi papá siempre me decía que eran los mejores panchos del mundo. Y, para mi, eso no podía ser de otra manera. Tenían una técnica especial: el pan siempre estaba un poco húmedo con el vapor que salía de la cocción de las salchichas.

Unos segundos después de acordarme con lujo de detalles las ida al "BANK of America", regresé al 2014. Me quedé parado en la puerta, dudando. Creo que en mi cara había una sonrisa, pese a que en esa sesión de terapia de la que venía de regreso había llorado mucho. Una señora sentada frente al viejo mostrador de estaño, me miró y me dijo: "Hay lugar, acérquese. No se quede en la vereda". La señora se limpió la boca suavemente con una servilleta de papel. Mientras ella lo hacía y acomodaba su bolso, me acerqué tímidamente al mostrador y le pedí, con voz un poco dudosa, "un pancho, por favor" al que atendía. Noté que había una generación nueva al frente del comercio. Ya no era el señor canoso con voz ronca, de tanto fumar cigarrillos negros (quizás 43/70 o Imparciales). Había tres personas atendiendo, un varón y dos mujeres. Todos probablemente menores que yo. Me acercaron el pancho en un plato pequeño de metal liviano, le puse un poco de mostaza y con mucho pudor empecé a comer. Cuando lo saboreé, cerré los ojos casi imperceptiblemente, y el lugar me volvió a parecer gigante. Fue una sensación extraña.

San Isidro ahora está varias veces más intransitable con el auto. El crecimiento del parque automotor se nota. Nunca encuentras lugar para estacionar, ni siquiera en los estacionamientos pagos. A medida que caminas esas cuadras que van del Alto al Bajo, el paisaje va cambiando, pero es continuo. Calles peladas, sin Arboles, llenas de comercios de todo por un peso, lentamente se transforman cuando cruzan el mástil de Acassuso, donde se bifurca Belgrano en 9 de Julio, en calles con sombra tapadas de tupidas copas de árboles y veredas repletas de mesas de café. Al menos a mi, me parece que San Isidro sigue teniendo esa mezcla del cocoliche popular de algunos negocios, como el de Coquito, combinada con la elegancia aristocrática de los socios de sus clubes de Rugby que toman café en la vereda. En una época, el colegio Nacional reflejaba esa combinación multiclasista en el Aula.

Seguí caminando rumbo al bajo, me senté a leer "Crónica del Pájaro que da Cuerda al Mundo", en el café Martínez que está en la esquina de Chacabuco y Belgrano. Mi angustia iba transformándose en otra cosa y lentamente se ordenaba en una mezcla de pasado y futuro secuencialmente. La incertidumbre se desvanecía y los efectos de la sesión de terapia del mediodía iban acomodándose. Y el dolor del pié... ah! El dolor del pié. Me había acordado que me dolía el pié.

miércoles, 16 de abril de 2014

I crashed my car into the bridge

Ayer choqué en Av. General Paz. Destrocé la parrilla y las ópticas del auto, contra un camión Mercedez Benz duro como una roca. El capot quedó arrugado cual papel tirado a un cesto de basura. Además, de atrás, un Chevrolet Astra, imposible de frenar. Estaba en uno de esos puentes de esa Avenida (I crashed my car into the Bridge). Lo llevé al seguro como pude para una inspección. Iba a 60, el capot se levantaba por el viento. Llegué al seguro. La noticia: no estaba cubierto (I don´t care).

A la noche mientras regresaba de la Universidad, tuve una mediana charla de definiciones, dolorosas, pero agradecida. Quizás una charla que necesitaba. Un cierre, o una apertura, o lo que fuera. Una charla, al fin y al cabo que me oriente donde estoy.

Muy a la noche, ya estando en mi departamento, por talk me entra una conversación. Y me dicen: "Bueno, mejor así. Quizás ahora puedas mirar para adelante". Toda una metáfora del choque y de la charla. ¿Habré chocado porque no puedo mirar para adelante? Tema de psicólogo, seguramente. Todo como la canción de Icona "I Love it"







martes, 8 de abril de 2014

Los "Famosos"

No se si soy yo, que estoy pendiente o la casualidad. Lo cierto es que frecuentemente cuando corro me encuentro con algún famoso. Hoy, hacía un trote suave, y bordeando el tren de la costa cruzando Perú, allí donde hace poco quitaron una tapia y se ve, imponente, un condominio lujoso, lo vi a Pancho Dotto cruzarse en mi trayectoria. El tipo es muy alto, me sorprendió. Pero eso no es nada. Recuerdo que varias mañanas, corriendo por el hipódromo de San Isidro, solía cruzarme a Noel Barrionuevo, la defensora de Las Leonas. Un tanto más flaca de lo que aparenta en la tele.

Al que siempre me cruzaba era a Luis Islas, quien tenía un grupo de personas a las cuales entrenaba. Una vez, incluso, pasaba por la puerta de mi casa y salí a saludarlo. Las vueltas de la vida! Ahora nos vemos (ocasionalmente) en la puerta del jardín de mi hijo más chico, que es compañero de su hija. Pero quizás el encuentro más sorprendente fue con Andrea Frigerio, en Martínez. Si señores!!! Aunque recuerdo que en esa ocasión no pude recordar su nombre, aunque si recordaba su rostro inconfundible. Me sorprendió cuan bonita y joven lucía, pese a que la recuerdo ya una persona grande en los años 90´s.

Hace un tiempo ya, cuando vivía en México, me crucé a una dupla imparable: Luciano Figueroa y al Chelito Delgado. Me llamó la atención lo jóvenes que eran. Tan es así, que Luciano Figueroa estaba con sus padres. Hablando de deportes: al que cruzo siempre en el Cotto del bajo de San Isidro, es a Daniel Arcuchi que corre, también, por mi circuito. No es tan famoso, pero como lo escucho a veces en la radio, pues... lo anoto. Al que me crucé en mi ruta habitual del Tren de la Costa, también hace poco, fue a Roberto Caballero, el ex director de Tiempo Argentino. Iba caminando, casual, muy tranquilo. Y también en esa ruta, llegando al final del recorrido de ida, donde solo queda mirar desde lejos la silueta de Buenos Aires, me topé con Rafel Ferro. Lo saludé como si fuéramos vecinos, con un toque de "cholulismo" que se trasluce en este texto. Ah! Y como en los últimos meses telefé está filmando justo en mi circuito, en el cruce de Del Barco Centenera y Lasalle, me cruzo con el elenco entero de Señores Papis (comentario bastante cursi, este).

Ya no digo corriendo, pero si volando, tengo encuentros más notables. Recuerdo un vuelo en USA, que subí junto a Joseph Stiglitz, premio Nobel de economía. Y mucho más impresionante fue viajar, por casualidad en primera y estar sentado detrás de Gustavo Ceratti, que regresaba de Santiago de Chile junto a una joven, también famosa, pero que no recuerdo su nombre.

En fin, nomás quería dejar constancia de estos encuentros a las corridas, y aprovechar para contar algo ahora que retomo con ritmo, constancia y rutina mi entrenamiento.

martes, 14 de enero de 2014

Ese es tu Walkman?


El calor había aflojado respecto de la oleada de la semana pasada. En enero hace calor, de todos modos. Pero unos 9 grados menos, era desde luego un alivio. Subió al colectivo. Miró hacia el fondo. Encontró un asiento vacío del lado del sol. Hubiese querido uno del lado de la sombra. Miró de costado, pero se sentó con determinación. Quizás, de tanto inspeccionar, el pasajero que venía detrás de él lograra quedarse con ese asiento. Llevaba un bolso tipo maletín de color negro. Se acomodó en el asiento y colocó el bolso sobre sus piernas. Lo abrió y metió una de sus manos. Revolvió "en ciego" el interior del bolso y sacó, desde adentro como si fuera la galera de un mago, un aparato que sólo los curiosos de edad mediana reconocieron. Era un walkman: una caja de plástico negra, con una tapa lateral que se abría y en la cual se introducía un rectángulo de plástico que contenía una cinta sonora, llamado cassette. Al verlo, un pasajero que lo observaba inmóvil y fascinado, pensó : "uy! que se habrán hecho mis TDK´s ".

Adicionalmente, sacó un cable largo y enrrollado, que unían uno redondos auriculares, un poco más grandes que el tamaño de una oreja, unidos por una cinta dura de metal que tenía la forma ovalada del cráneo (de los que tienen un cráneo ovalado, por supuesto). Desenrrolló el cable, cogió los auriculares. Conectó la ficha en un orificio de la caja de plástico y apretó con fuerza en dos ocasiones un botón cuadrado que tenía el símbolo ►(play). Frunció el seño! Algo no sonaba bien en sus auriculares. Respiró como quejoso y cansado o hastiado. Miró por la ventana como si enfrente tuviera un horizonte llano, aunque en realidad su vista se topara con otro colectivo en paralelo. No se conformó, al parecer con lo que escuchaba, apretó otra tecla y se escuchó un "clack"" como si la tapa cuadrada fuera a salirse o volar. No se asustó ni se alarmó, tenía la seguridad del que conoce lo que está haciendo. Volvió a apretar otro botón que tenía el símbolo ►► (FF). El pasajero que estaba parado y lo miraba inmóvil y fascinado, sintió un ruido seco y áspero. El cassette pasaba a mayor velocidad consumiendo las baterías del aparato. Ambos pensaban --sin saber que pensaban al unísono, pero sospechándolo ciertamente-- que quizás convendría utilizar una lapicera tipo bic para realizar esa tarea y evitar consumir las baterías. Sin querer cruzaron las miradas. Nadie dijo nada.

Calculó la velocidad del aparto y nuevamente se escuchó un "clack!" producido por la presión de otro botón que tocó [■ (stop)]. Nuevamente pulsó el botón con el símbolo ►(play). Una fresca sonrisa subió por el cable a sus oídos y terminó por instalarse en su boca. La línea de la comisura de los labios se extendió un par de centímetros, el ceño dejó de estar fruncido y se estiró lizo, por fin. Apoyó su cabeza sobre la ventana del colectivo. Cogió con su mano izquierda el walkman y lo sostuvo con confianza. La palma de la mano pequeña y redonda, estaba rodeada de cinco dedos gruesos y carnosos que parecían hinchados, las uñas crecidas, pero cuidadas con detalle, daban la impresión de una persona limpia y meticulosa. El colectivo dobló y el sol se metió por la ventana transparente. Pensó en su mujer. Pensó en el trabajo. Pensó en que habrá sido de la vida de aquella compañera de primaria que tanta vergüenza le producía mirarla. Pensó en cómo haría para pagar las cuentas. Pensó... un rato. Paró de pensar. Iba a ser un día largo, caluroso y había que empezarlo con un poco de Música.

lunes, 6 de enero de 2014

Abejas Reinas

Marío Antonio se jactaba a viva voz que era bueno en los deportes colectivos. No sólo manifestaba ser bueno en los deportes colectivos; adicionalmente esgrimía la superioridad ética y moral de quienes practican deportes colectivos por encima de quienes, como nosotros los corredores solitarios, hacemos ejercicios físicos o entrenamientos individuales. Sin lugar a dudas, correr era algo que estaba muy por debajo de la escala ética y deportiva a los ojos de Mario Antonio. Pero sea o no que los deportes colectivos estuvieran encima de los deportes que se practican individualmente, lo cierto es que Mario Antonio se había acostumbrado en su equipo a ser el jugador estrella. Se sentía querido, halagado, festejado, admirado, necesitado y, sobre todas las cosas, el centro del equipo. A lo largo de su vida se había "empoderado" en el equipo, como suelen decir ahora las sociólogas. Como la mayoría de las cosas que se impregnan en cada uno de nosotros de manera indeleble y en lo más profundo del inconsciente, Mario Antonio no podía darse cuenta que su placer de practicar "deportes colectivos" (aunque solo había jugado en su equipo) radicaba en su lugar de abeja reina. Para el, su vida en el equipo era igual que la vida de los demás en el equipo. Y, obviamente, como suele suceder en las colmenas no hay lugar para dos abejas reinas.

Eso era muy claro en otros ordenes de la vida, aunque como la mayoría de las cosas que se impregnan en cada uno de nosotros de manera indeleble y en lo más profundo del inconsciente, Mario Antonio no lo veía de ese modo. Si bien no faltaba la referencia en sus conversaciones más informales que era bueno en los deportes colectivos, tenía serios problemas para integrarse en "equipos" sociales, laborales, grupales en donde no tuviera el rol que tenía en "su equipo" de toda la vida. Obviamente, tenía la virtud de deshacerse de quienes pudieran quitarle ese rol o bien intentando disolver los equipos en donde ese rol no se le asignara. Tenía esa virtud de líder positivo y creativo allí donde se lo dieran y se subordinaran a su carisma situacional, por decirlo de algún modo, y el defecto del miembro negativo y destructivo allí donde no. Eso si, conservaba la sonrisa (y diría que la ampliaba y lo hacía más bello aún) cuando sentía ese inmenso poder de acabar con lo que no se le sometiera. Como una bella y todopoderosa abeja reina.